Leopoldo Ceballos
del Castillo

Leopoldo Ceballos López

La culpa es de la ensalada - Animal

Había atizado su primer golpe; fue certero y le dejó inconsciente. Con aquel animal derribado y confuso, tomó su segunda decisión; continuar.
Nunca había hecho algo así, pero aquel animal se merecía un castigo. Rotundo, cruel y duradero. Sus brazos se levantaron, irguiendo el palo que pronto caería sobre el costillar, y golpeó de nuevo. El impacto sonó hueco, y el dolor despertó a la bestia de su sueño. Un gemido abrupto acompañó al siguiente golpe, más rápido y preciso que el anterior. El animal intentó incorporarse, torpe y apresuradamente, forzándole a golpear sus extremidades, haciéndole sentir el crujir de sus huesos. Ahora estaba a su merced.
Los siguientes envites se centrarían en las extremidades, incapacitándole para la defensa o la huída, pulverizando cada fragmento de hueso. En ocasiones tuvo que presionar con el pie su torso para inmovilizarlo; el martirio le hacía contonearse y contraer las extremidades haciendo que errara el golpe.
El peso del madero y la tensión forjaron gotas saladas que comenzaron a resbalar por su cara. Ahora el animal estaba inmovilizado; de forma que se sentó frente a él, observando su obra, la deformidad de su cuerpo. Se sentía deshumanizado y alienado por sus actos. Sin reconocerse, como en un sueño; una horrible pesadilla. Las imágenes volvieron a su cabeza; los restos de aquellas niñas. Una bestia así no puede seguir con vida. Se dijo a sí mismo; Y la aseveración le inundó de rabia e ira. Se incorporó y levantó de nuevo el palo, dejándolo caer una y otra vez sobre el cuerpo casi inerte del animal.
Los gemidos eran ahora intermitentes, al igual que su respiración. Se acercaba el momento y notó cómo las lágrimas inundaban sus ojos. Ya no era el mismo hombre que había entrado en la habitación. Ese amasijo de huesos, vísceras y sangre le había arrebatado su alma con la misma facilidad que había arrebatado la vida a aquellas pequeñas. Se limpió la mezcla de lágrimas y sudor con el brazo, dejando en su lugar desorganizadas manchas rojas, y dejó caer el trozo de madera.
Su cuerpo se encogió y se agachó. Apartó la camisa y posó la mano sobre el pecho de aquel animal, sintiendo su respiración y estertores. No debería llamarle animal, pensó mientras negaba con la cabeza. Un animal jamás habría hecho esto; las habría matado y devorado sin más, pero no esto. Cruzó las piernas y se sentó a su lado, rezando por el alma de las pequeñas mientras sentía como la suya se desvanecía con la vida de aquel hombre.

Portada de la publicación Tánger, Tánger

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