Leopoldo Ceballos
del Castillo

Leopoldo Ceballos López

La culpa es de la ensalada - Culpa y ensalada o la culpa es de la ensalada

Todo empezó el día de la ensalada de canónigos. Francisco o Paco, como le llamaban desde que podía recordarlo, siempre había sido una persona normal, sin obsesiones, sin muchas manías, respetuoso con todo el mundo. De los pocos que ayudan sin que tengan que pedírselo, una persona buena, cabal. Vamos como todos fingimos ser, pero él, él lo era de verdad.
Nunca había hecho ensalada de canónigos, de hecho hasta ese día no sabía lo que eran los canónigos, pero su curiosidad hizo que los comprara en el mercadillo, y como tenían las raíces llenas de tierra tuvo que llenar la fuente de agua y empezar a limpiarlos uno a uno.

  • Deben de ser sabrosos, pensó. Nadie en su sano juicio limpiaría tanta tierra por algo que carece de sabor.

Mientras limpiaba las raíces de los brotes miró por la ventana de la cocina al patio comunitario. Como siempre, estaban tendidos cientos de pijamas en el tendedero de los vecinos de enfrente. Eran pequeñitos y grandes, de todas las escalas, debían de tener al menos cinco hijos, pero le extrañaba que sólo hubiera pijamas. ¡Sólo tendían pijamas! Este pensamiento le asaltó durante unos instantes hasta que sus ojos se fijaron en la ventana bajo los pijamas, era una ventana doble y estaba abierta de par en par. En el interior de la vivienda había una mujer vestida sólo con ropa interior, el ángulo de visión le permitía ver su cuerpo pero no su cara. Se sonrojó a pesar de ser una imagen muy natural, la ropa interior no era sexy y la chica tampoco era muy atractiva. Tanía un cuerpo normal, tirando a delgado, y veía una coleta que, como la cola de un caballo, caía desde su cabeza. La coleta se movía hacia un lado y a otro mientras ella hacía algo con las manos. Tras unos instantes la chica se aparató de su línea de visión y él siguió escudriñando la fachada y las ventanas de sus vecinos.
No había nada de interés, lo que parecía un grajo se acicalaba en lo alto de una antena y una suave brisa agitaba las mangas y perneras de los pijamas.
Terminó de limpiar los brotes y se hizo la ensalada, la aliñó con aceite de Módena, que es un poco más sabroso y espeso que el vinagre de la misma denominación, y quedó muy satisfecho con el sabor; era fresco y nuevo.
Dos días después pasó por el mercadillo de nuevo.  Le pillaba de paso ya que estaba junto a la salida del Metro y coincidía con el horario en el que volvía de trabajar. Compró de nuevo los canónigos y al llegar a casa empezó a limpiarlos. - ¡Cuánta tierra! Mientras los limpiaba observó a través del cristal los pijamas ondeando con la brisa y a la chica en la ventana inferior. Hoy llevaba una camiseta como parte de arriba y braguitas, pero sus piernas estaban desnudas. La observó durante unos instantes, ésta vez sin sonrojarse. Cuando terminó de lavar los canónigos la chica seguía ahí, y siguió observándola a pesar de la ausencia de tierra en las raíces de los brotes. En unos instantes desapareció pero se abrió otra ventana, era la del dormitorio y pudo ver como se tumbaba en la cama y plegaba ligeramente la pierna derecha. El cabecero de la cama quedaba fuera del ángulo de visión, pero puedo ver sus pies, llevaba las uñas pintadas de un color imperceptible a esa distancia, pero aún así le gustó. Se sonrojó de nuevo y decidió comer en esa posición, acercó una banqueta y aliñó allí mismo la ensalada, deglutiéndola con avidez y nerviosismo, sin mirar el plato, sin poder dejar de mirar a la chica de la ventana.
Los días pasaron e intentó coincidir de nuevo con la muchacha, pero fue imposible. Hacía calor pero sus ventanas no se abrían. Varios días después compró canónigos en el mercadillo y sucedió de nuevo. La ventana estaba abierta, no una, sino tres. Podía ver a la chica de habitación en habitación, el dormitorio, el baño… se ruborizó sólo de pensarlo. Cuando estaba aliñando los brotes verdes la desconocida entró en el cuarto de baño y se quitó la camisa. No llegó a ver sus pechos pero si su espalda desnuda.
Tras esto compró canónigos todos los días, salía del metro y se acercaba al mercadillo, compraba un par de manojos y corría a casa a lavarlos. La desconocida siempre estaba allí ofreciéndole la privacidad de su vida en bandeja. Ya la había visto el rostro varias veces cuando tendía y destendía la ropa. Conocía cientos de recetas de canónigos y había inventado unas cuantas, pero a pesar de los días que pasaron los vecinos seguían sin tender otra cosa que no fueran pijamas. Pero a él ya no le importaba, estaba completamente obsesionado con ella, la obsesión le llevó a pasar varias horas en la ventana de la cocina; cuando ella se asomaba por la ventana, él se echaba hacia atrás para que no le viera.
Pasaban los días y la obsesión se transformó en culpa el día en que la vio desnuda por primera vez. Desde entonces cada vez que la veía, sus ojos saboreaban el momento y su mente le torturaba. Cada día era peor, la culpa aumentaba y le apretaba el corazón, hasta que un día dejó de comprar canónigos.
Apesadumbrado llegó a casa y miró por la ventana, esperando ver los cierres echados, pero ella estaba allí, esperándole, acicalándose en el baño frente a lo que él imaginaba que era el espejo. Fue fuerte y dejó de mirar. No soportaba más la culpa, cada día irrumpía en la vida de esa pobre muchacha, la observaba desnudarse y no recibía ningún castigo por ello. Eso era malo y él lo sabía, no le habían educado para esto. Le debía un respeto a esa desconocida, el respeto que se debía tener a todos los seres humanos. Desde ese día no volvió a asomarse a la ventana de la cocina, y no lo volvería a hacer.
Hacía ya varios días que el desconocido que le acosaba ya no la espiaba desde la ventana. A veces había intentado ver su rostro pero él lo ocultaba rápidamente cuando salía a tender.  Natalia comenzó de nuevo a sentir la pesadumbre en su alma.

  • Tan asquerosa soy que ni siquiera le gusto a los mirones.

Su tristeza era más profunda que otras veces. El mirón había animado su vida, se sentía deseada como nunca se había sentido, pero todo acabó el día que se desnudó para él. -¡Tanta decepción se ha llevado! Pensaba constantemente. El amargor de ese instante se alojó en su garganta y dejó de hablar. No había nada que decir y nadie a quién decírselo. La amargura entró en ella a caballo del silencio que le rodeaba y la falta de interés por comunicarse. Serena y parsimoniosa se extendió poco a poco por su cuerpo; primero sus pies, y también dejo de caminar. Días después la tristeza subió hasta su vientre y se alojó en el; Natalia dejó de comer. Más tarde se extendió también a sus manos y dejó de hacer cosas. Acurrucada en su soledad sus ojos se cerraron y la pena se apoderó por fin y para siempre de su corazón.

Portada de la publicación Tánger, Tánger

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