Leopoldo Ceballos
del Castillo

Leopoldo Ceballos López

La culpa es de la ensalada - Ese olor

Ya desde casa había olido su esencia, y ahora que estaba fuera, se dio cuenta de que su olor lo inundaba todo. En el jardín las hojas de los arbustos y las flores parecían gritar su nombre; un nombre que casi podía adivinar por su aroma, pero que a la vez se hacía esquivo y lejano. Necesitaba conocerla con todo su ser.
Dejó el jardín apresuradamente, casi corriendo y al llegar a la calle un golpe de frescor impregnado con su esencia le inundó. ¿Cómo podía atraerle tanto? Ese olor se impregnaba en sus fosas nasales y parecía controlarle desde ahí. Sus acciones estaban guiadas, ordenadas, dictadas por ese aroma, y él, él olvidó su pasado, olvidó sus obligaciones, olvidó incluso su propio ser para dejarse envolver por su embrujo.
Bajó la cuesta que llevaba a la panadería casi con los ojos cerrados, movido por una fuerza infinita que le gobernaba. Si en ese momento hubiera estado atado habría tenido fuerzas para romper la soga y habría pasado lo mismo si en vez de una soga hubiesen sido cadenas. ¿Qué le podía atraer tanto de ese olor? ¿Por qué le manejaba con tanta facilidad?
Al llegar a la panadería no entró, se quedó en la puerta mirando a Paqui, la panadera, con ojos nerviosos y abiertos, sin saludarla como era habitual en él. Notaba la incrementada intensidad del aroma y sintió que estaba en el camino correcto; se aproximaba a la fuente. Ignorando el saludo de Paqui se dirigió rápidamente a la urbanización de los cipreses.
Su corazón se empezó a acelerar, casi tanto como su marcha. Ahora corría por las calles, buscando en cada cruce, en cada casa. El olor era muy intenso, era tan intenso que le cegaba, le adormecía y luego le agitaba. A veces parecía flotar en vez de correr, sentía ligeros mareos seguidos de golpes de realidad que le ayudaban a esquivar los coches, las farolas, las madres paseando con sus niños.
Estaba cada vez más cerca, casi podía saborear su éxito.
Súbitamente escuchó su nombre, alguien le llamaba. Era Eva. Pero. ¿Cómo le había localizado? Y ¿Por qué justamente ahora? Estaba tan cerca ¡Tan cerca!

  • ¿Qué haces aquí? Le preguntó asombrada.

 No supo que contestar, por un momento sintió vergüenza, luego ira, frustración y vergüenza de nuevo. No podía decírselo, jamás lo entendería. No era igual que cuando la conoció a ella, no. Ese olor, ese olor era para él, le llamaba. - ¡No puede entenderlo!, ¡No podría entenderlo! Una parte de él le gritaba que saliera corriendo, que esto era mejor de lo que ella jamás le podría ofrecer. Otra parte le recordaba los primeros meses a su lado, su amor, sus caricias. Pero ya no era igual, en las últimas semanas apenas le había tocado. Y este olor le prometía tantas cosas. Antes de que pudiera decidirse Eva cruzó la calle rápidamente, agarró su cara con las manos y le abrazó y besó efusivamente.
El olor dejó inmediatamente de gobernarle, sus patas flojearon y el amor inundó su cuerpo, haciendo que su rabo se moviera sin control. Era Eva, su Eva y estando junto a ella se sentía feliz y afortunado, la quería como no había querido a nadie en su vida. Rápidamente olvidó las promesas del dulce aroma y lamió sus manos intensamente en señal de afecto. Eva le cogió del collar y juntos se fueron a casa. Juntos. Juntos. Juntos…

Portada de la publicación Tánger, Tánger

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