Leopoldo Ceballos
del Castillo

Leopoldo Ceballos López

La culpa es de la ensalada - ¡Qué asco!

  • - Pero, ¡si ya son las once! Exclamó mientras se levantaba bruscamente de la cama.

Tenía que llegar a las diez, pero el despertador no había sonado o él lo había ignorado.

  • - ¡Pero cómo me he podido quedar dormido! Masculló mentalmente mientras se ponía la camisa.

Estaba tan enfurecido y molesto con la situación que no se dio cuenta de que se había puesto un calcetín de cada color. Se dirigió a la cocina y cogió una magdalena del armario que había sobre la cafetera. El café debía de llevar hecho dos o tres días y no se atrevió a probarlo. Se lavó la cara en el fregadero y se la secó con un paño que olía a lejía y limpiador de cristales.

  • - Me van a matar, acabarán conmigo lentamente. Imaginó mientras masticaba la magdalena y salía de casa.

Bajando la escalera se encontró a la señora Julia, que, como todas las mañanas, fregaba su parte del descansillo embutida en su viejo delantal y sus roídas pantuflas. Se fijó en él mientras bajaba, y sin dejar de fregar escupió sobre el suelo de mármol, pasando rápidamente la fregona para camuflar su saliva entre el desinfectante.

  • - ¡Señora Julia!, exclamó. No tenía tiempo para recriminar a la anciana, así que salió corriendo por el portal.

Intentaría coger el autobús para llegar a tiempo, pero, si al llegar a la parada éste hubiese pasado, recorrería a pie las pocas manzanas que le separaban del lugar de la cita.
En la parada sólo había un par de chicos, señal inequívoca de que el autobús había pasado recientemente. Los chicos le miraron con el escaso interés de los adolescentes, y escupieron casi a la par en la base del poste que señalizaba la parada.

  • - ¡Por favor! Masculló mientras su labio superior se arrugaba en señal de asco y malestar.
  • ¡Qué día llevamos hoy! Pensó para sus adentros.

Siguió su camino con un paso nervioso y acelerado. A veces trotaba varios metros para apaciguar su ansiedad y continuaba con su paso normal. Al cruzar la esquina del kiosco se cruzó con una atractiva joven que paseaba un peludo y alargado animal, que bien podría ser una gran rata, un hurón gordo o un perro sin patas. La chica le miró con los ojos muy abiertos, eran muy azules y rodeados de pequitas rosas. Mientras le miraba se tapó la boca rápidamente ocultándole sus labios y su sonrisa, pero dejando su cuello al descubierto, lo suficiente para notar que estaba tragando algo.
Siguió andando y trotando hacia el lugar de su cita. Era la hora del café y los oficinistas habían salido en busca de un hueco en uno de los dos bares de la plaza, que esperaban ansiosos a sus clientes. Se cruzó con un grupo de seis o siete hombres gordotes y trajeados, acompañados por tres mujeres mayores y dos más jóvenes. El primer oficinista que le miró llevaba un traje oscuro  adornado por una corbata roja. Tras unos segundos el hombre escupió sonoramente. El resto de acompañantes le miraron asqueados y dirigieron una mirada a su alrededor, como queriendo distanciarse del acto y del ejecutor del mismo. Sus miradas se cruzaron con la suya, y poco a poco el resto del grupo comenzó a escupir en varias direcciones.
Sus andares se habían detenido y miraba confuso a toda esa gente trajeada, que se escondían rápidamente en el bar huyendo de la saliva que habían dejado a su paso en la acera.

  • - ¡Pero qué asco de gente! Pensó mientras miraba los lapos del suelo y observaba al resto de transeúntes, buscando el reproche en sus ojos.

Todos esquivaban los pequeños charcos y le miraban, para continuar escupiendo en el mismo sitio. Uno, dos, cinco transeúntes se cruzaron con él y escupieron a su paso.

  • - ¿Pero qué? ¡Qué asco! Dijo en voz alta y siguió su camino.

Había mucha gente en la calle y todos con los que se cruzaba escupían o se tapaban la boca. Su paso se volvió intermitente, quería esquivar, apartarse de toda esa gente asquerosa. Se dio la vuelta, volvió a girar. La acera estaba repleta de escupitajos. Decidió cruzar la calle para alejarse de toda esa gentuza, pero al llegar a la otra acera la imagen se repitió. La gente escupía, todos escupían. Le miraban y escupían.
Visiblemente alterado entró en uno de los bares. Una pareja de estudiantes que salían apuraron el paso y escupieron en la calle. Un hombre que bebía café le miró y dejó caer su saliva en el interior de la taza. El camarero le miró y tapó su boca con un pañuelo que sacó rápidamente del bolsillo. Sentía un nudo en la garganta de asco y repugnancia y corrió al baño. Al entrar un hombre que orinaba de pie le miró y se giró para escupir en el urinario.
Avanzó rápidamente hasta el inodoro y cerró la puerta tras de sí. Su corazón latía rápidamente, se sentía angustiado y desesperado. Apoyó su espalda contra la puerta y bajo la cabeza intentando reflexionar y entender.
Pasaron varios minutos hasta que se decidió a abrir la puerta y salir. Se apoyó en el lavabo con los codos y abrió el grifo, dejando correr el agua y sintiendo su frescor. Mojó sus manos y humedeció su cara mientas se incorporaba y veía su rostro en el espejo. Mirando su propia imagen reflejada notó como la saliva comenzó a inundar su boca, desbordándola; su cara, su cara era tan… Sintió como la presión aplastaba su lengua y presionaba la úvula contra la garganta. No entendía el cómo o el porqué pero… esa sensación. Apretó los labios sin dejar de mirarse en el espejo, observando cómo se cerraban ligeramente sus ojos y se formaba una arruga encima de la nariz. Finalmente se inclinó hacia el lavabo y escupió, escupió y escupió.

Portada de la publicación Tánger, Tánger

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