Leopoldo Ceballos
del Castillo

Leopoldo Ceballos López

La culpa es de la ensalada - Cuando aún existía la perfección

Los últimos acontecimientos en mi entorno me han hecho recordar un hecho que hacía ya más de cinco años había conseguido olvidar. El encontrarme con viejos amigos y hallar de nuevo el amor en la juventud de mis conocidas, han despertado en mi el recuerdo de aquellos maravillosos días de otoño e invierno en los que conocí al único ser al que realmente he amado y que desde entonces es causa de mi tormento.
Era, como ya he mencionado, otoño; las hojas caídas cubrían con un manto cobrizo las calles de aquella pequeña y alejada población del norte de país. La ciudad estaba situada en un pequeño valle que acababa en una cala junto al mar. El verano había dejado una buena herencia de hojas en los árboles, y el envidioso otoño se había cebado en ellas haciendo que cayeran sobre las calles, lo cual, unido a las recientes lluvias, hacía peligroso el paseo por las mismas.
Fue pocos días antes del invierno cuando conocí a la que yo pensé sería mi esposa. Por aquellos entonces yo carecía de problemas monetarios, y era mi costumbre frecuentar los más diversos lugares a los que la gente solía ir cuando no deseaba otra cosa que pasar el tiempo a expensas de su dinero. La población de la ciudad era pudiente y de ello eran prueba los numerosos clubs sociales que llenaban las avenidas.
En uno de esos lugares la vi por primera vez, aunque no completamente. Me hallaba conversando con unos amigos cuando, desde lejos, vi su hermoso cabello destacando entre la marea de cabezas de la fiesta. Era ligeramente ondulado, unos matices rojos fugaban  hasta alcanzar los colores dorados del sol al reflejarse sobre el océano. No tardé en comentar con mis compañeros el cabello de la seguramente hermosa joven; ellos fingieron un profundo interés y rápidamente volvieron a su conversación, a la que continuamente desviaban mi atención exigiendo una opinión o un aserto. Pasados unos minutos, en los que mi intenso escrutinio fue incapaz de obtener una imagen nítida de su rostro, el objeto de mi atención se desplazó hacia la salida. Yo conseguí esquivar las exigencias de mis compañeros por escuchar de mis labios una vana opinión mientras la seguía con la mirada. Ella se escapaba y yo continuaba sin ver su rostro. Levanté un brazo en un ansioso intento de llamar su atención, cuando aquellos sujetos tan impertinentes me pidieron de nuevo la opinión sobre...  A lo que ávidamente respondí con un "disculpadme un momento por favor" y me alejé por fin de ellos.
Corrí entonces hacia la salida esquivando a la gente que se aglomeraba en mi camino impidiéndome avanzar. No sin esfuerzo logré llegar a mi destino, mas allí no había ya nadie, se había ido, y yo, aún desconocía los rasgos de su rostro.
No había pasado una semana cuando un rutinario paseo por las calles hizo que me fijara en aquellos cabellos de nuevo. Se hallaban a más de cincuenta metros de mí, pero aquellas tonalidades eran inconfundibles. Corrí entonces tras ella y al alcanzarla desvié rápidamente mi mirada hacia su rostro. Por fin lo vi. En ese instante entendí cientos de hermosas palabras que hasta ese momento simplemente formaban parte de mi vocabulario. Era perfecta. Me maravillé tanto ante el espectáculo que tropecé y caí en el húmedo suelo; debí golpearme fuerte puesto que no recuerdo nada de las siguientes horas.
 Desperté recostado sobre un sofá o diván en una habitación que desconocía, y observé lo que había a mi alrededor intentando identificar mi ubicación. Entonces recordé el ridículo y cerré los ojos avergonzado, suplicando a la tierra que me tragara si la volvía a ver. Mas en esos momentos la tierra debía de estar enormemente ocupada ya que, tras apenas pensar en ella, su perfecto rostro irrumpió en la habitación. Sin saber dónde fijar mi mirada, cerré los ojos y comencé a mascullar una oración rogando a Dios una rápida y silenciosa muerte. Esperé, mas nada sucedió.
 Allí estábamos mi vergüenza y yo intentando pasar desapercibidos cuando de aquel precioso rostro surgió una voz, era cálida y firme. Sus tonalidades llegaron a mis oídos como murmullo de ángeles. Abrí los ojos y allí estaban los radiantes cabellos de los que un día quedé prendado. Contemplé su ojos y observé de nuevo la perfección; ninguna de las palabras hasta ahora conocidas podría definir con un mero acercamiento el manantial de belleza que inundaba en ese momento la estancia.
–Tropezaste. Dijo, y rió.
Yo seguía pensando en mi vergüenza, mas respondí, si es que a un vago y tenue sonido que surgió de mis labios se le puede llamar respuesta. Ella volvió a reír.
Tras este primer encuentro no fueron pocos los que le sucedieron, y poco a poco el amor iba inundando nuestros corazones mientras llegaba de nuevo la primavera. Fue en esta estación cuando pasé los mejores días de mi existencia. Las salidas al campo y los lentos paseos por la playa suponían nuestras principales fuentes de placer. Lentamente las pasadas fiestas y aceleradas reuniones se fueron olvidando, dejando espacio en nuestras cabezas para los recuerdos de nuevas experiencias, mientras que el murmullo de mar inundaba nuestros oídos y el de amor nuestros corazones.
La intensidad de nuestra relación pronto llegó a formar parte de las conversaciones y comentarios de nuestras amistades, y, pese a los pocos meses juntos, todo parecía conducir a una boda inminente. Mientras, nosotros recibíamos la eternidad en cada instante que pasábamos juntos. Cada vez que sonreía mi corazón daba un suspiro, un suspiro de vida y amor que avivaba mi fuego y nos unía cada vez más. Podría jurar que en ese tiempo nuestra felicidad superó con creces a la del resto de parejas; el amor que sentía hacia ella era tan intenso que seguramente superaba al amor que cualquier madre tiene por sus hijos. Pero todas aquellas sensaciones habrían de terminar.
 Todo fue perfecto hasta aquella mañana soleada. Una suave brisa hacía girar muy lentamente las veletas que adornaban los tejados. El sol irradiaba un calor templado que evaporaba pequeñas gotas de agua salada con las que jugaba la brisa. El cielo de un luminoso azul y el inmenso océano formaban parte del paisaje perfecto que rodeaba a mi amada. Esa misma mañana decidimos pasar el día en el campo, rápidos fueron los preparativos y partimos hacia la inmensidad de la naturaleza.
Llegamos temprano a un prado en el que la hierba aún estaba bañada por el rocío de la mañana, el manto verde ascendía hasta que era cortado bruscamente por el horizonte azul del mar, formando un acantilado en cuya base se encontraba la pequeña cala en la que aún no había nadie disfrutando del baño.
Nada más llegar comenzó a correr y brincar por la hierba. Mientras, yo la seguía a pasos lentos con la mirada, ella insistía en que me uniera a su juego y finamente accedí. Los dos corrimos infantilmente por el prado mientras la brisa cogía fuerza a medida que nos acercábamos al mar. Desde el acantilado se podían divisar unas pequeñas embarcaciones surcando el horizonte, y el sol de la mañana se reflejaba en las tranquilas aguas. Eso hacía brillar sus cabellos como nunca, y yo irradiaba felicidad por todos los poros de mi piel. Nos acercamos al borde del acantilado jugueteando como adolescentes, y, súbitamente, ella se giró para mirarme; sonriendo mientras se acercaba peligrosamente a precipicio.

  • ¿Qué harías si muriera?, preguntó.

Yo sonreí, y ella empezó a juguetear peligrosamente en el borde del precipicio mientras reía y giraba alrededor de sí misma en una peligrosa danza. Sus cabellos se deslizaban por el aire como seda, giraba y giraba sobre el horizonte como si quisiera unirse a los angeles en un vuelo mágico. De repente oí un rodar de piedras y la vi desvanecerse. - ¡NO!, gritó entonces mi alma mientras que mi cuerpo se movía instintivamente para socorrerla; cerré los ojos de angustia y, sin saber cómo, me vi tumbado en el borde de precipicio con mi mano fuertemente asida a su brazo; instante en el que mi mente se apagó.
Dejé de pensar y me limité a observar. Observé entonces sus hermosos cabellos agitándose con el viento de la costa; observé sus labios, y cómo sus delgadas y finas manos luchaban por aferrarse a algún saliente en la roca; observé también sus pómulos, sus dientes y finalmente sus ojos; observé sus ojos como nunca había observado nada, observé su pupila dilatada, su iris verde y su forma ovalada, mas sólo observaba. Y entonces escuché..., escuché el viento, escuché las olas golpear contra la pared del acantilado y cómo este sonido escalaba la resbaladiza pared para llegar a mis oídos; y escuché su voz:

  • Súbeme cariño, repetía una y otra vez con un tono indescriptible.
  • Súbeme por favor, volvía a decir.
  • ¡Dios mío, no ves que me estoy resbalando!, Decía mientras el tono de su voz se volvía más agudo e histérico
  • ¡CÓGEME! Gritó por fin.
  • ¡Súbeme por favor!
  • ¡Cógeme!, volvió a repetir.

La miré entonces de nuevo a los ojos y vi como las lágrimas corrían por sus pómulos y se desvanecían con el viento. Mi mente seguía aún apagada, fue entonces cuando la miré por última vez a los ojos, y la dejé caer. Seguí el recorrido por el acantilado con la mirada hasta que finamente se estrelló contra los afilados riscos.
Semanas después mis seres queridos esperaban a que saliera de mi trance, y al fin desperté. Mis amigos se lamentaron, su familia me compadeció mientras la lloraban, al igual que mis familiares. Me contaron que me encontraron horas después en la última posición que recordaba. Los médicos y psicólogos me comentaron que el estado de trance era consecuencia de la gran pérdida que había sufrido. No hubo ningún juicio, la palabra asesinato jamás fue nombrada y aún hoy sigo sin penar por mi culpa. Desconozco las razones que me impulsaron a ello, sólo recuerdo sus ojos y sus brillantes cabellos, nuestra plena felicidad y su sonrisa congelados en el tiempo, en un instante eterno, perfecto. Quizás, y es sólo una suposición, nunca la quise, y quedé fascinado por la perfección de nuestro noviazgo. Eso explicaría, aunque resulte extraño y confuso, que no me arrepienta en absoluto de mis actos, y que a veces incuso la olvide. Pero eso ya pasó, y ahora, ahora soy libre; libre para buscar de nuevo la perfección  de su rostro, consciente de que jamás la volveré a encontrar.

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